La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Ay, prima! —dijo Richard—. ¡Sà que es extraño! Todo este despilfarro gratuito, toda esta partida de ajedrez es muy extraña. Ver el sereno tribunal ayer avanzando con tanta tranquilidad y pensar en la desgracia de las piezas del tablero me parece un quebradero de cabeza y se me rompe el corazón al mismo tiempo. Mi cabeza se rompe al preguntarse cómo puede ser si los hombres no están ni locos ni son unos malvados, y mi corazón se rompe al pensar que podrÃan ser ambas cosas. Pero, sea lo que fuere, Ada, ¿puedo llamarla Ada?
—Por supuesto que puede, primo Richard.
—Sea lo que fuere, la CancillerÃa no ejercerá su mala influencia en nosotros. Gracias a nuestro pariente, hemos sido afortunadamente reunidos y todo eso no puede dividirnos ahora.
—Ni nunca, ¡asà lo espero, primo Richard! —dijo Ada amablemente.
La señorita Jellyby me apretó el brazo, lanzándome una significativa mirada. Le contesté con una sonrisa, y terminamos el resto de nuestro paseo alegremente.