La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Un puesto de desayunos en la esquina de la calle le recuerda al doctor la prioridad, y hace una seña al pobre Jo, que cruza hacia él renqueando y haciendo girar el puño de la mano derecha sobre el hueco de la mano izquierda, donde amasa la grasa con el almirez de la naturaleza. Un momento después se halla delante de un desayuno que le parece excelente, y empieza a tragarse el café y a roer el pan con mantequilla, mirando ansiosamente a su alrededor, en todas direcciones, mientras come y bebe como un animal asustado.

Está tan enfermo y abatido que hasta el hambre lo abandona.

—Creía que tenía apetito. ¡Hace tanto tiempo que no he comido! —dice Jo, que aparta pronto su comida—. Pero no puedo pasar nada…, se me atraganta.

Temblando de pies a cabeza, mira el desayuno con sorpresa.

Allan Woodcourt le toma el pulso y, aplicándole la mano sobre el pecho, le dice:

—¡Respira hondo, Jo!

—¡Ah!…, el pecho me pesa… —responde Jo—. Me pesa como si tuviese un carro sobre él.

Podría añadir «y traquetease como tal», pero solo murmura:

—Ya avanzo, caballero.


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