La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Habiéndose acordado el doctor de la señorita Flite para pedirle consejo en relación a su pobre compañero, indica a Jo que le siga, y se dirige hacia la casa donde vivía su antigua paciente. Pero todo está cambiado en la tienda de trapos y botellas. No hay ninguna ventana abierta, no vive allí la señorita Flite, y una mujer de rostro antipático, cubierta de polvo y cuya edad es difícil de adivinar, en una palabra, la interesante Judy, le responde sobria y agriamente que la señorita Flite y sus pájaros se han trasladado a casa de la señora Blinder en Bell Yard. El señor Woodcourt se dirige inmediatamente al sitio indicado, donde la señorita Flite, madrugadora como siempre para ser la primera en llegar a la audiencia junto a su excelente amigo el Canciller, baja la escalera con precipitación, con los brazos abiertos y los ojos bañados en lágrimas, exclamando:

—¡Querido doctor! ¡El más distinguido, el más generoso y el más honrado de todos los oficiales!

Allan, lleno de bondad hacia ella, escucha con paciente sonrisa las expresiones de la loca, y espera para explicarle el motivo de su visita que haya agotado todos los transportes de cariño que le dicta su corazón.

—¿Dónde podría albergarlo? —pregunta, señalando a Jo, que tiembla en la puerta—. He creído que usted, que sabe tantas cosas y tiene tanta sensatez, me daría un buen consejo.


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