La Casa lugubre

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Milady pronunció estas palabras con voz firme y actitud impasible. En lo que se refiere al señor Tulkinghorn, estaba pensando en el asunto como si la mujer que tenía delante no fuese más que un simple instrumento en materia de procedimiento.

—El resultado es, lady Dedlock —dijo—, que, por lo visto, no puedo fiarme de usted. Usted ha dado pábulo a que se divulgue lo que según nuestro trato debía estar oculto, y, como digo, veo que no puedo fiarme de usted.

—¿No se acuerda de que en la conversación que tuvimos en Chesney Wold le manifesté ya alguna inquietud respecto a aquello?

—Sí —dice el señor Tulkinghorn levantándose y poniéndose de pie delante de la chimenea—, recuerdo, lady Dedlock, que habló de esa niña, pero fue antes del convenio con que terminó nuestra entrevista en que se prohibía toda actuación por su parte fundada en mi descubrimiento. ¿Qué valor tiene esa niña para convertirla en una excepción a nuestro trato? Lady Dedlock, cuando está comprometido el nombre de una familia ilustre, se ha de ir directamente hasta el final sin atender a lo que pasa en el camino. Se podía suponer que el rumbo estaba claro… por encima de todo, a la derecha y a la izquierda, independientemente de toda consideración en el camino, sin ahorrarse nada, pisándolo todo.


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