La Casa lugubre
La Casa lugubre Milady levanta la vista y la clava en su interlocutor. La expresión de su semblante es severa y sus dientes muerden su labio inferior.
«Me ha comprendido», dijo para sí el señor Tulkinghorn. «¿Por qué se apiada de los demás, cuando no van a apiadarse de ella?»
Por un momento, permanecen en silencio. Lady Dedlock no ha comido; se ha limitado a beber uno o dos vasos de agua, que con mano firme se ha servido ella misma. Apartándose de la mesa, se reclina en un ancho sillón y, aunque sombría y pensativa, nada en ella revela flaqueza, nada implora piedad. Está pensativa, sombría, concentrada.
«Esa mujer es digna de ser estudiada», piensa el señor Tulkinghorn de pie junto a la chimenea, convertido otra vez en un objeto sombrío que le tapa la visión.
Y los dos se observan mutuamente a placer. No es la primera en hablar, y parece improbable que lo haga, aunque el otro permanezca allí hasta la medianoche.
—Lady Dedlock —dice, por fin, el procurador, rompiendo un silencio que milady estaba resuelta a no alterar—, hemos de hablar todavía de la parte más penosa del asunto. Nuestro acuerdo ya no existe, y una mujer de su inteligencia debe de comprender que recobro por lo mismo toda libertad de acción.