La Casa lugubre
La Casa lugubre —No me sorprende lo que me dice usted, señor Tulkinghorn.
—Pues no tengo más que añadir, lady Dedlock —dice el señor Tulkinghorn con una inclinación de cabeza.
Cuando va a salir de la habitación lo detiene al preguntar:
—¿Es este el aviso que habÃa de recibir? Deseo que nos entendamos bien.
—No es precisamente el aviso convenido, pues esto supondrÃa que el acuerdo se habÃa cumplido, pero virtualmente es lo mismo. La única diferencia está en los nombres: pura distinción jurÃdica.
—¿Cabe esperar otro aviso?
—No, milady.
—¿Hablará esta misma noche con sir Leicester?
—La pregunta es muy directa —contesta, sonriendo, el señor Tulkinghorn—. Esta noche, no.
—¿Mañana?
—Milady, prefiero no contestar categóricamente a esta pregunta. No darÃa usted crédito a mis palabras si le dijese que no sé aún cuándo hablaré con sir Leicester, y por lo tanto de nada servirÃa decÃrselo. Quizá sea mañana, quizá otro dÃa. Pero debe usted estar preparada para todo. Tengo el honor de desearle muy buenas noches.