La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿Estará usted algún tiempo en la biblioteca? —le pregunta lady Dedlock, en el momento en que el procurador traspasa el umbral de la puerta.

—No, milady, voy a coger allí mi sombrero y me marcho a casa.

Al hallarse en la escalera, el procurador consulta su reloj y ve que avanza un poco, según el magnífico péndulo del vestíbulo, famoso por su exactitud. «¿Qué estás diciendo?», parece preguntarle el señor Tulkinghorn con una sonrisa. Su reloj tiene un precio elevado, pero cuánto más elevado sería si contestase a su dueño: «¡No vuelvas a tu casa!», si le dijera esta noche, de entre todas las que ha ido contando, a este anciano, de entre todos los ancianos y los jóvenes que han estado ante él: «¡No vuelvas a tu casa!».

—¡Las ocho menos cuarto! —continúa el señor Tulkinghorn—. Vaya, pues, no eres tan exacto como yo creía —dijo a su reloj—. ¡Adelantar dos minutos! Mucha prisa te das en hacerme vivir.

¡Qué precio tan elevado hubiera tenido aquel reloj, si devolviendo bien por mal, su tictac le hubiese dicho al procurador: «No vuelvas a tu casa»!


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