La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El señor Tulkinghorn sale a la calle, y avanza, con las manos cruzadas detrás de la espalda, sumido entre las sombras de los vastos palacios cuyos apuros pecuniarios y de otra clase, las hipotecas y los misterios de toda especie que conoce y guarda bajo de su raído chaleco de raso negro. Es el confidente de aquellos muros. Las altas chimeneas le telegrafían los secretos de las familias, y no obstante, ni una sola voz le dice en su camino: «¡No vuelvas a tu casa!».

Continúa andando y atraviesa las calles vulgares, en medio del estrépito de los coches, del rumor de los pasos, del ruido de las voces. La iluminación de las tiendas irradia sus rayos sobre él. El viento de poniente hace llegar hasta él sus quejas, el gentío lo empuja, la fatalidad lo arrastra, y nada murmura a su oído: «¡No vuelvas a tu casa!». Llega a su gabinete, enciende sus velas, mira al techo y ve al romano de la alegoría señalando con el dedo, como siempre, un punto vago de la alfombra; pero en el ademán del romano y en el aleteo de los genios que lo rodean nada le dice: «¡Sal de aquí!».





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