La Casa lugubre
La Casa lugubre Asoma la luna, las estrellas brillan, como brillaban sobre Chesney Wold, y «esa mujer», como llama a milady, tiene los ojos fijos en el cielo, su corazón está herido, y ahogándose en aquellos vastÃsimos salones que le parecen pequeños, quiere salir para ir a respirar sola en un jardÃn vecino. Demasiado imperiosa en la satisfacción de su voluntad como para que ese antojo excite la sorpresa de quienes la rodean, se envuelve con un manto y sale a la luz de la luna. Un mercurio abre la puerta de la verja, cuya llave le entrega a su mandato, y recibe orden de volver a su puesto, pues milady se paseará para calmar su dolor de cabeza por espacio de una hora o más y no necesita que la escolten. La verja se vuelve a cerrar, con estrépito. Milady se queda sola y desaparece por entre los árboles.
¡Qué noche más hermosa! La luna brilla y las estrellas centellean. El señor Tulkinghorn atraviesa un reducido patio semejante al de una cárcel para ir a la bodega, y, levantando los ojos, observa que la noche es hermosa, la luna brillante e innumerables las estrellas.