La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Es aquella una noche apacible entre todas. Se diría que la luna vierte calma y silencio al mismo tiempo que su luz, y llena de quietud aquellos lugares en que la vida todavía se agita y desborda. No solo es tranquila la noche en las carreteras llenas de polvo y en la cima de los collados, en la dormida campiña que corta el horizonte con la franja de sus árboles. No solo es una noche apacible en los jardines y en los bosques, en el río cuyas aguas fosforescean al pasar por entre los cañaverales que suspiran, y huyen presurosas para arrojarse al mar, reflejando los arcos de los puentes y los buques que las ensombrecen. No solo es tranquila la noche en el océano profundo, en la playa, donde el vigía sigue con los ojos el buque que, con las alas desplegadas al viento, recorre el luminoso sendero que solo parece existir para él, sino también en la ciudad inmensa a la cual ha descendido el reposo. A la suave luz que la baña, sus campanarios y cúpulas adquieren una forma etérea, la silueta de sus tejados es menos maciza y trivial, los ruidos que suben de la calle se amortiguan, los pasos de los transeúntes se hacen cada vez más raros y se alejan sosegados, y en el barrio en que habita el señor Tulkinghorn, en aquellos campos en que los pastores soplan en caramillos judiciales que no tienen más que un sonido y son las ovejas esquiladas hasta la piel, todos los ligeros rumores que se oyen, en esta noche de luna, se funden en el murmullo de la ciudad que vibra como un gran cristal.


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