La Casa lugubre
La Casa lugubre ¡Un tiro! ¿Quién ha disparado una pistola o una escopeta? ¿Dónde ha sido?
Los transeúntes se detienen y miran a su alrededor, algunos rostros aparecen en las ventanas, se abren las puertas. La detonación ha sido fuerte y el eco la prolonga. Todo se despierta. Ha hecho temblar una casa, o eso ha dicho un hombre que pasaba por allí. Los gatos huyen asustados. Los perros ladran. Hay uno en particular que aúlla como un endemoniado. El murmullo de las calles crece, y llega a ser un grito general. Suena el bronce, pero antes de que hayan concluido de dar las diez en el reloj vecino, todo se calma, todo se sosiega, y la luna derrama tranquila su luz en el seno de la pacífica noche.
El señor Tulkinghorn no habrá oído nada, pues las ventanas de su residencia permanecen negras e inmóviles como si nada hubiese sucedido, y su puerta está cerrada. Para sacarle de su concha, se necesita algo muy extraordinario. No se le ve, no se le oye. Un cañonazo sería lo único que podría hacer salir al procurador de su calma impasible.
El personaje alegórico del techo conserva, asimismo, su constante actitud. Romano o bretón, solo una idea guarda en la mente, y continúa señalando con igual obstinación el punto que designa hace un siglo, sin que nadie se preocupe de él.