La Casa lugubre
La Casa lugubre La oscuridad sucede a la luz de la luna, el sol a la aurora, y cuando abren la puerta del despacho del procurador para arreglarlo y limpiarlo, ya fuese que hubiera alguna novedad en el ademán del alegórico personaje, ya fuese que la persona que entra se haya vuelto loca en aquel momento por haber levantado los ojos y mirado luego en el suelo el punto que señala el romano, lo cierto es que huye dando un grito de horror, que otras personas suben, miran, gritan y huyen a su vez, y que la alarma se difunde por el barrio.
¿Por qué? No se admite la luz en el despacho en penumbra, y las gentes desacostumbradas a él entran y, con pasos silenciosos, pero pesados, llevan un bulto al dormitorio y lo dejan allí. Todos hablan bajo y prorrumpen en expresiones de sorpresa. Se examinan todos los rincones de la habitación, se revuelven todos los muebles, se sigue la huella de unos pasos, se fija la vista en el techo, y todas las voces murmuran hablando del romano: «si pudiese contar lo que ha visto».