La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Con el dedo señala en la mesa una botella de vino casi llena, un vaso, dos velas que han sido apagadas poco tiempo después de encendidas, y una silla desocupada. Y en el suelo, delante de la silla, una mancha que podría ser cubierta con la mano. Estos objetos están completamente al alcance de su mirada. Una imaginación excesiva podría suponer que había en ellos algo tan aterrador como para que el resto de la composición, no solo los chicos de piernas robustas, sino las nubes y las flores e incluso las columnas (en una palabra, el cuerpo y el alma de la Alegoría y todo su cerebro) se vuelvan locos. Seguro que todos los que entran en esa habitación oscura y miran esas cosas levantan la vista hacia el romano, que está investido para todos de misterio y horror, como si fuera un testigo mudo y petrificado.

Seguro que será así durante muchos de los años venideros, en los que se contarán historias de fantasmas sobre la mancha del suelo, tan fácil de cubrir, tan difícil de eliminar, y el romano lo señalará desde el techo hasta que el polvo y la humedad y las arañas se lo eviten. Desde ahora, su gesto tiene un objeto que no tenía en vida del señor Tulkinghorn, pues el anciano procurador ya no existe. En vano la alegoría ha señalado la mano que se levantó contra él y desde aquella noche señala el punto en que yace el anciano, el rostro contra el suelo y atravesado el corazón por una bala.


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