La Casa lugubre

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Hoy es el aniversario del día feliz en que nació la viejecita Bagnet, y para el señor Bagnet no hay en el calendario otra fiesta mayor. Desde hace tiempo tiene establecido el ceremonial que ha de presidir el festín, y, como está persuadido de que un par de pollos de corral son la apoteosis de un lujo verdaderamente imperial, el exartillero no deja nunca de ir en persona, la mañana del gran día, a comprar dos volátiles, constituyendo para el vendedor un comprador cándido, como pocos, al escoger los dos pollos más viejos de todos los gallineros de Europa. Invariablemente carga cada año con esos dos portentos de longevidad que lleva en un pañuelo de algodón a cuadros azules y blancos, sacado expresamente de la cómoda e indispensable para su aprovisionamiento. Al terminar el desayuno, invita a la señora Bagnet, disimuladamente, a manifestar el plato que prefiere para la comida. La señora Bagnet, con oportunidad imponderable, contesta que tiene ganas de comer pollo, y entonces el señor Bagnet saca con aire triunfal los dos pollos de su escondrijo y los muestra en medio del gozo y la sorpresa general. Exige, además, que la heroína de la fiesta se ponga su mejor traje y que no haga nada en todo el día, que consienta en ser servida por todos los individuos de la familia, dirigidos por él. Pero, como dista mucho de ser un excelente cocinero, es probable que esta última condición sea para la señora Bagnet más hermosa que agradable, lo cual no impide que durante todo el día conserve la dignidad que se le impone con el semblante del placer mayor que imaginarse pueda.


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