La Casa lugubre

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Para el presente cumpleaños, el señor Bagnet ha cumplido con todos los preliminares de rigor. Ha comprado dos especímenes de ave que, como dice el refrán, desde luego no los engañarían, por viejos, para entrar en la jaula, y están listos para el asador. Ha asombrado y regocijado a la familia por su inesperada obtención, y dirige el guiso de las aves, mientras que la señora Bagnet, de gala, observa que todo se hace al revés y siente hormigueos por todo el cuerpo.

Malta y Quebec ponen la mesa; Woolwich, a las inmediatas órdenes de su padre, da vueltas al asador. A estos jóvenes pinches el señor Bagnet les transmite de vez en cuando con un guiño o un movimiento de la cabeza o una cara torcida que se equivocan.

—A la una y media —dice el señor Bagnet—. En un minuto. Estarán listos.

La señora Bagnet mira con angustia que se está quemando un pollo.

—Mujercita mía —anuncia el señor Bagnet—, vas a tener una comida digna de una reina.


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