La Casa lugubre

La Casa lugubre

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La señora Bagnet contesta a su marido con una sonrisa, pero al mismo tiempo expresan sus ojos tan profundo malestar, que el mozo de cocina, alarmado a su vez, se queda mirando con la boca abierta y olvida los pollos, que se quedan parados. Por suerte, su hermana adivina la causa de la desazón de su madre y lo devuelve a sus funciones por medio de un significativo puñetazo. El asador vuelve a dar vueltas, y la señora Bagnet, aliviada, cierra los ojos de alegría.

—George llegará sin duda a las cuatro y media —dice el señor Bagnet—. ¡Cuántos años hace que George nos visita en semejante día sin haber faltado ni una sola vez!

—Los mismos que se han necesitado para convertir en vieja a una joven, ni más ni menos —contesta la señora Bagnet riendo.

—Mujer —dice el señor Bagnet—, eres tan joven como antes, si no más: a la vista está.

Malta y Quebec palmotean contentas, gritando que su buen amigo Bluffy traerá sin duda algo para mamá, y se esfuerzan en adivinar cuál será el regalo de este año.

—¿Sabes, Lignum —expresa la señora Bagnet, haciendo una señal a Malta para que ponga la sal en la mesa y a Quebec para que no olvide la pimienta—, que, según parece, George está pensando en marcharse?


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