La Casa lugubre
La Casa lugubre —George no desertará jamás —contesta el señor Bagnet—. No temas, no es hombre capaz de abandonar a su antiguo camarada y dejarle en medio del fango.
—Desde luego, Lignum, no es esto lo que quise decir, sino que, a mi modo de ver, si hubiese pagado cuanto debe, no tardarÃa en ahuecar el ala.
—¿Por qué dices eso? —pregunta el señor Bagnet.
—Porque lo veo intranquilo —responde su mujer, pensativa—, descontento de su situación. Yo no pretendo decir que su actitud no sea tan franca como siempre, para eso habrÃa de dejar de ser quien es, pero George está como inquieto, fuera de sÃ. En fin, no está centrado.
—Es natural que asà sea con ese picapleitos que le está persiguiendo —dice el señor Bagnet—. Ese paisano es capaz de condenar al mismo diablo.
—No digo lo contrario —asiente su mujer—, pero esto viene a confirmar mis sospechas, Lignum.