La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Es una suerte para ella que su cumpleaños sea una sola vez al año, pues semejante lujo de volatería, repetido con frecuencia, podría llegar a ser peligroso. Todo lo que en un pollo ordinario son tendones y ligamentos, en aquellos se ha convertido en cuerdas de guitarra, y sus miembros habían echado profundas raíces en su carne, como los árboles seculares en la tierra que los sustenta. Están tan duros esos muslos que fomentan la idea de que deben de haber consagrado la mayor parte de sus largas y arduas vidas en ejercicios pedestres y hacer caminatas. Sin embargo, el señor Bagnet, que no repara en tales defectos, se esfuerza con toda el alma en hacer comer a la señora Bagnet una cantidad enorme del lujoso manjar, y la buena mujer, que por nada en el mundo quisiera causarle el menor disgusto, sobre todo en un día como aquel, no vacila ante los riesgos a que expone su estómago. No acierta a comprender cómo Woolwich, sin ser de la familia de los avestruces, puede con los muslos y alones, y mientras procura explicárselo, los cuidados caseros confiados a sus dos hijas la someten a una prueba que sufre con igual heroísmo. Encaramadas sobre sus zuecos, con las faldas recogidas, a ejemplo de su madre, Quebec y Malta, barriendo la estancia, lavando la vajilla y arreglando la cocina, manifiestan una desenvoltura, una actividad y ofrecen tan grandes esperanzas en el porvenir como vivas inquietudes en el presente.


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