La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Las mismas causas conducen a una confusión de palabras, a un resonar de vajilla, a un gran estrépito de tazas de estaño, a un gran batir de escobas y a un gran gasto de agua, todo sin medida, y cómo se calan las jovencitas es un cuadro demasiado patético para que conserve la señora Bagnet la serenidad hasta que concluye la tarea de un modo satisfactorio. Malta y Quebec, obligadas a cambiarse hasta la camisa, vuelven puestas de veinticinco alfileres. Se cubre la mesa de pipas, tabaco, una botella y vasos, y, mientras, la señora Bagnet disfruta, entonces, del primer momento de tranquilidad, desde el principio de la fiesta.

Van a dar las cuatro y media, y el señor Bagnet, sentándose en el sitio de costumbre, exclama:

—¡Bravo, George! Puntualidad militar.

Este, después de saludar a la señora Bagnet, a quien da un beso en celebración de tan fausto día, da las buenas tardes a los chicos y al señor Bagnet, y concluye diciéndoles a todos «¡Enhorabuena!».

—George —observa la señora Bagnet clavando con interés la mirada en él—, a usted le sucede algo, ¿qué es lo que tiene?

—¿Yo?

—Usted. Está pálido y como agitado. ¿Verdad, Lignum?

—George —dice el señor Bagnet—, explícale lo que te pasa.


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