La Casa lugubre
La Casa lugubre —No pensaba traer tan mala cara —contesta el maestro de armas pasándose la mano por la frente—, y siento aguaros la fiesta, pero el hecho es que la muerte del pobre Jo, sucedida ayer noche, me ha trastornado sobremanera.
—¡Pobre muchacho! —dice la señora Bagnet en tono de maternal aflicción—. ¡Pobre muchacho! ¿Conque ha muerto?
—SÃ, y no querÃa hablarles de ello, porque no es noticia que caiga bien en un dÃa de fiesta, pero en el instante han adivinado que me pasaba algo. No se le escapa nada, señora Bagnet.
—Tienes razón —dice el señor Bagnet—, ¡cualquiera la engaña!
—En fin, es mejor que nos dediquemos a agasajar a la reina de la fiesta —contesta el señor George—, y yo, modestamente, le ofrezco a la señora Bagnet este broche que he traÃdo para usted. Es poquita cosa, como puede usted ver, y todo su mérito está en ser un estimado recuerdo que le ofrezco de todo corazón.
El regalo del señor George es celebrado con alegres saltos y aplausos de los pequeñuelos y recibido por el señor Bagnet con respetuosa admiración.
—Esposa —dice—, dile lo que yo pienso.
—¡Es magnÃfico, George! —exclama la señora Bagnet—. ¡Lo más bonito que he visto!