La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Muy bien —dice el señor Bagnet—, completamente de acuerdo.

—Admirable, George —prosigue la señora Bagnet dando vueltas a la joya entre sus dedos—. ¡Demasiado para mí!

—En eso no estoy de acuerdo —dice el señor Bagnet.

—Pero no importa, amigo, mil gracias —sigue diciendo la señora Bagnet, estrechando la mano del sargento—, aunque a veces me muestre algo dura con usted como esposa que soy de un soldado, eso no impide que seamos muy buenos amigos. Y en prueba de ello, George, póngame usted mismo este broche. Estoy segura de que va a traerme suerte.

Los niños se agrupan alrededor de su madre para presenciar la solemne operación, mientras que el señor Bagnet la contempla por encima de la cabeza de Woolwich, con un semblante en el que se lee, a la vez, tanta gravedad como alegría infantil. Su mujer no puede menos que reírse y decirle:

—¡Mi buen Lignum! ¡Vaya una cara que pones!

El sargento, sin embargo, no alcanza a comprender lo que se propone. Su mano tiembla y el broche se cae al suelo.

—¡Buena la hicimos! —dice apresurándose a recoger el broche—. Estoy tan fuera de mí que no acierto ni con la cosa más sencilla.


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