La Casa lugubre

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Piensa, entonces, la señora Bagnet, que lo mejor es dejarles que se fumen un par de pipas. Y prendiéndose en un instante el broche, hace sentar al sargento en el sitio que suele ocupar y le muestra todo lo necesario para fumar.

—Y, si esto no basta, George —dice la buena mujer—, mire, de vez en cuando, su hermoso regalo, y este y la pipa le devolverán la tranquilidad.

—No dudo que así será —responde George—, pero como hace poco les decía, estoy de mal humor: ¡me ha afligido tanto ver morir al pobre Jo sin poder socorrerlo…!

—No diga usted eso, George. Ha hecho usted, por el contrario, todo cuanto le ha sido posible. Le dio usted refugio.

—Es verdad, señora Bagnet, pero todo ello es muy poco si se piensa en que ha muerto sabiendo solo distinguir su mano derecha de la izquierda. Y estaba demasiado mal para que se le pudiera sacar de aquello.

—¡Pobre muchacho! —dice la señora Bagnet.

—Eso me trajo a la memoria al pobre Gridley —continúa el maestro de armas, pasándose la mano por la frente—. Una desgracia de otro género, pero tan horrible como aquella, y las dos juntas me han hecho recordar a un pícaro más duro que el pedernal. Solo con pensar en ese viejo maldito, incapaz de todo sentimiento, es bastante para enardecer la sangre de un hombre honrado.


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