La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Motivo de más para encender la pipa —dice la señora Bagnet—. Es un calmante, y esto es mucho mejor para la salud que quemarse la sangre a causa de un procurador.

—Dice usted muy bien —dice el militar—, y lo haré.

Y el señor George enciende su pipa, pero lo hace con tal gravedad que el señor Bagnet aplaza para después beber a la salud de su mujer, lo cual suele ir acompañado del correspondiente discurso. Pero transcurridos algunos momentos, preparado por las dos hermanas lo que él llamaba «el compuesto», y continuando encendida y humeante la pipa de George, el señor Bagnet se decide a levantar su vaso y dirige a los circunstantes estas palabras:

—George, Woolwich, Malta, Quebec, hoy es su cumpleaños. Para encontrar a una que se le pareciese un poco, sería necesario andar muchas jornadas de camino. ¡Bebamos a su salud!

—¡A la de todos! —contesta la buena mujer, presentando el vaso a cada uno de los reunidos, como tiene por costumbre en semejantes casos.

Pero de pronto, se detiene y exclama:

—¡Alguien llega!

En efecto, un hombre se había detenido en el umbral de la puerta; un hombre de ojos vivos y penetrante mirada, que produce gran impresión entre los congregados.


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