La Casa lugubre
La Casa lugubre —Buenas tardes, George —dice el hombre inclinando la cabeza—, ¿cómo está usted?
—¡Vaya! ¡Es el señor Bucket! —exclama el señor George.
—El mismo —contesta el policÃa entrando y cerrando la puerta—. Pasaba por la calle y he visto casualmente algunos instrumentos de música de muestra en las ventanas de esta casa, y como un amigo me ha encargado que le busque un violonchelo de ocasión y de buena calidad, me he acercado al escaparate. Entonces he visto que habÃa gran animación en la trastienda, me ha parecido reconocerlo y ya ve usted que no me he equivocado. ¿Cómo van las cosas, George? Bien, ¿no es cierto? Menos mal. ¿Y usted, señora? ¿Y usted, jefe? Pero, ¡qué veo! ¡Niños! —exclama el señor Bucket abriendo los brazos—. No se necesita más para hacer de mà lo que se quiera. Venid a mis brazos, angelitos. Es inútil preguntarles quiénes son sus padres; no hay más que mirarlos.
El señor Bucket se sienta junto al señor George y coloca en sus rodillas a Malta y a Quebec.
—Otro beso, guapÃsimas —dice el señor Bucket—, de eso no me canso nunca. ¿Qué edad tienen, señora? Están sanas y robustas, apostarÃa a que oscilan entre los ocho y diez años.
—Por ahà —contesta la señora Bagnet.