La Casa lugubre
La Casa lugubre —No suelo equivocarme en esto —afirma el señor Bucket—. Me vuelvo loco con los niños. Un amigo mÃo tiene diecinueve, señora, y todos de una misma madre que se conserva fresca y rolliza como una aurora… mejorando lo presente… ¿Cómo se llama esta preciosa? —continúa el señor Bucket, pellizcando los mofletes de Malta—: dos manzanitas, ni más ni menos, ¿verdad que sÃ? Y ¿tú qué crees? ¿Crees que papá tendrá un buen violonchelo de ocasión para el amigo del señor Bucket?, porque yo me llamo Bucket, nombre raro, ¿verdad que sÃ?
Con tanta afabilidad el recién llegado se gana el corazón de toda la familia, y la señora Bagnet llega a olvidarse del ceremonial del dÃa, que le prohÃbe las obras serviles, hasta el punto de llenar una pipa y un vaso que le ofrece al señor Bucket, diciéndole que, si en todas las ocasiones hubiera tenido el sumo gusto en recibir a un hombre tan amable como él, su satisfacción aumentaba aquella tarde además al ser un amigo del señor George, quien, por cierto, no está tan animado como siempre.
—¿Cómo? —exclama el señor Bucket—. ¿Y qué le pasa a usted, amigo George? ¿Por qué no está usted animado? No tendrá algo en mente.
—Nada en particular —contesta George.