La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Pues claro que nada en particular! —continúa el señor Bucket—. ¿Qué motivos tiene usted para estar triste? ¿Ve usted a estas criaturas, qué alegres y contentas? Es natural. ¿Quién dirÃa al verlas asà que llegará algún dÃa en que trastornarán el juicio de más de uno? No me las doy de profeta, pero pronostico que ha de ser como yo digo.
La señora Bagnet, fuera de sà de alegrÃa, dice que no le cabe duda de que el señor Bucket tendrá también hijos.
—Pues verá usted, señora —dice el señor Bucket—, por increÃble que le parezca, no tengo. Mi mujer y una inquilina constituyen toda mi familia. La señora Bucket, lo mismo que yo, ama con delirio a los niños. Su mayor deseo serÃa tenerlos, pero ¡qué le vamos a hacer! No están repartidos con igualdad los bienes de este mundo, y por fuerza cada cual debe resignarse con su suerte… Ahà fuera veo un patio que me parece muy cómodo, ¿tiene salida a la calle?
—No, caballero.
—¡Caramba! Pues yo hubiera dicho que la tenÃa —se maravilla el señor Bucket—. ¡Vaya un patio más agradable! ¿Me permiten verlo? En efecto, no tiene salida, pero es muy bonito.
El señor Bucket vuelve a sentarse cerca de su amigo George y le da una amistosa palmada en la espalda.
—¿Cómo va ese humor, George?