La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Bien —contesta el viejo militar.

—Me alegro —comenta el señor Bucket—. ¿Por qué ha de estar triste? Un hombre de su aspecto y de su salud no tiene derecho a estar abatido. Pues no faltaba otra cosa que dejarse abatir con un pecho como este, ¿no es verdad, señora? Además, creo que no tendrá usted dentro de él nada que lo atormente, ¿no es así, George?

El señor Bucket acompaña sus últimas palabras con una mirada singular, y las repite dos o tres veces para la pipa que está encendiendo, prestando gran atención en la respuesta. Pero, enseguida, después de un corto eclipse, recobra su buen humor y su verbosidad.

—Y ese muchacho ¿será el hermano? —pregunta el señor Bucket, dirigiéndose a Malta y a Quebec para informarse acerca del joven Woolwich—. Digo hermano de padre, pues es claro que tiene muchos años para ser hijo de esta señora.

—Pues se equivoca usted en eso, porque es hijo mío —dice riéndose la señora Bagnet.

—Me sorprende, y eso que se le parece de un modo extraordinario, por más que tenga también mucho de su padre. Las cejas, por ejemplo —añade el señor Bucket, cerrando un ojo para comparar los dos rostros mientras el señor Bagnet fuma con una satisfacción imperturbable—, son idénticas.


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