La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿Qué entiendes por mucho tiempo? —preguntó el señor Jarndyce, con semblante pensativo.

—Algunas semanas. Así lo temo al menos.

El señor Jarndyce dio algunos pasos por la estancia, con las manos en los bolsillos, y como absorto en sus reflexiones. Deteniéndose, de pronto, delante de mí, me dijo:

—¿Qué opinas del médico que la visita? ¿Crees que merece tu absoluta confianza?

Aunque no tenía motivo alguno para dudar de sus aptitudes, hube de confesar que Prince había mostrado deseos de ver confirmada por otro médico la opinión del suyo.

—Pues conviene proponer al señor Woodcourt —dijo vivamente el señor Jarndyce.

No esperaba yo estas palabras. Así es que, al acudir a mi imaginación cuanto al doctor Woodcourt se refería, quedé algo confusa y sin saber qué decir.

—¿No te parece bien mi idea?

—Perfectamente.

—¿Crees que la enferma lo tomará a mal?

—Al contrario, creo que tendrá mucho gusto en que la visite. Lo vio varias veces en casa de la señorita Flite y le he oído decir que le inspiraba mucha confianza.

—Pues no se hable más de ello —dijo mi tutor—, mañana lo iré a ver y le hablaré del asunto.


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