La Casa lugubre
La Casa lugubre Volvà al dÃa siguiente, y más adelante no pasaba mañana que no fuera a sentarme a su cabecera. Poca incomodidad me daba el cotidiano viaje, y todo quedaba reducido a levantarse algo más temprano y arreglar las cuentas y la casa antes de salir. No obstante, al regresar de mi tercera visita, me dijo por la noche mi tutor:
—No puedo consentir esto por más tiempo; una gota continua de agua basta para gastar la piedra que la recibe, y estas idas y venidas acabarÃan incluso con la dama Durden. Nos marcharemos todos a Londres y nos instalaremos en nuestro antiguo alojamiento.
—Por mà no es necesario, querido tutor —dije—, yo no me canso nunca.
Y era la verdad; me sentÃa muy feliz por el solo hecho de ser de utilidad a alguien.
—Pues lo haremos por mà —contestó mi tutor—, o por Ada, o por los dos. Por otra parte, ¿acaso no es mañana el cumpleaños de cierta persona?
—¡Ah, sÃ! —dije abrazando a Ada, que estaba en vÃsperas de cumplir veintiún años.
—Mi bella prima estará allà mejor que aquà —continuó mi tutor—. Su mayorÃa de edad la obligará a ciertas formalidades para legalizar su emancipación. Nos marcharemos a Londres; está decidido. Pero dime: ¿cómo está Caddy?
—No muy bien, querido tutor, y temo que pasará aún mucho tiempo antes de que pueda abandonar la cama.