La Casa lugubre
La Casa lugubre Su madre, empero, se había acostumbrado al aspecto poco halagüeño de su hija y empleaba las horas que pasaba en la cama, en formar proyectos relativos a la educación de Esther, al casamiento de Esther, a la edad madura de Esther y hasta su vejez como abuela de las pequeñas Estheres de la pequeña Esther, proyectos que evidenciaban un profundo cariño a la infeliz criatura, su alegría y su orgullo, de los cuales citaría algunos ejemplos, de no acordarme a tiempo de que tengo otra cosa que contar.
Volviendo a Caddy, he de manifestar que abrigaba respecto a mí como una fe supersticiosa, aparecida en su alma el día de la primera visita que le hice a su madre la noche aquella en que se durmió en mis rodillas. Estaba persuadida de que mi presencia le era materialmente saludable, y aun cuando esto fuera puro fruto de su imaginación, ello es que semejante idea adquiría la fuerza de un hecho cuando mi pobre amiga estaba realmente enferma. Partí, pues, a toda prisa para ver a Caddy, con el permiso de mi tutor, y ella y Prince se pusieron tan contentos de verme que nunca había visto yo nada semejante.