La Casa lugubre

La Casa lugubre

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¡Cuánta bondad tenía la pobre Caddy! Antes que preocuparse por ella, se apenaba por todos los demás y no se quejaba nunca, porque temía causar molestias y pensaba siempre excesivo el trabajo que pesaba sobre su esposo y en el bienestar del señor Turveydrop padre. Jamás he visto a una criatura de mejores sentimientos. No sabría explicar el inefable efecto que producía en mí aquel estimado ser, dulce y pálido, postrado desde hacía tanto tiempo en el lecho del dolor, en una casa en que el baile era el único medio de subsistencia, en la que se tocaba el violín desde el alba hasta la noche, y en la que el aprendiz danzaba solo en la cocina durante toda la tarde.

A instancias de Caddy, había arreglado un poco el cuarto, colocado la cama en el sitio más claro y oreado de la pieza. Cada día, después de limpiarlo y disponerlo todo, ponía en sus brazos a mi pequeña ahijada, y me sentaba junto al lecho para coser, mientras hablábamos, o para entretenerla, leyéndole alguna cosa. En una de aquellas ocasiones, le hice saber a Caddy la suerte que me esperaba.





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