La Casa lugubre
La Casa lugubre Además de Ada, que venÃa a vernos todas las tardes, tenÃamos algunas visitas más. Prince, el más asiduo de todos, no dejaba de acercarse a la cabecera de la enferma en los breves lapsos que le dejaban sus lecciones, echando una mirada de afectuosa inquietud sobre la madre y la hija. Por vivos que fuesen sus sufrimientos, Caddy le decÃa, constantemente, que se sentÃa mejor, y yo (que Dios me lo perdone) confirmaba siempre la piadosa mentira. Prince se ponÃa entonces tan contento que a veces tocaba un rato el violÃn para divertir a la niña sin que esta pareciese agradecérselo mucho.
La señora Jellyby venÃa de vez en cuando a saber noticias de Caddy. Se sentaba con aire distraÃdo y con el pensamiento a muchas leguas de distancia de su nieta, como absorta en la idea de los negros de las orillas del NÃger, siempre risueña y serena, tan mal trajeada como de costumbre, preguntaba invariablemente con su voz meliflua: «Bueno, Caddy, ¿cómo te encuentras hoy, querida niña?», y, sin esperar contestación, empezaba a hablar de las cartas recientemente recibidas o de la fecundidad de la tierra de Borrioboola-Gha para el cultivo del café. Esto lo hacÃa siempre con un sereno desprecio por nuestra limitada esfera de acción que no podÃa disimular.