La Casa lugubre
La Casa lugubre El viejo señor Turveydrop era objeto desde la mañana a la noche de incesantes atenciones de parte de Caddy y de Prince. Si lloraba la niña, casi la ahogaban para que no le causase incomodidad el menor ruido. Si habÃa que atizar el fuego por la noche, se hacÃa de manera subrepticia para no perturbar su descanso. Si Caddy necesitaba cualquier comodidad que hubiera en la casa, primero lo decÃa cautamente por si era posible que también lo necesitara él. VenÃa una vez al dÃa a dar su bendición a su nuera, y derramaba a su alrededor la luz de su presencia con tal bondad protectora que, de no conocerlo, cualquiera lo habrÃa tomado por el benefactor de la vida de Caddy.
—Caroline mÃa —le decÃa inclinándose suavemente—, dime que hoy estás mejor.
—Gracias, señor Turveydrop. En efecto, me siento mejor —contestaba Caddy.
—¡Cuánto me alegro! Y usted, querida señorita Summerson, estará cansada —añadÃa bajando los párpados y el extremo de sus dedos hacia mÃ, si bien sus cumplidos habÃan disminuido mucho desde la enfermedad que tanto me transformara.
—Nada de eso, no siento el menor cansancio —le decÃa yo.