La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Magnífico! Es preciso cuidar a nuestra amada Caroline, señorita Summerson, y probarlo todo para devolverle las fuerzas. Mi querida Caroline —continuaba, dirigiéndose a su nuera con graciosa amabilidad—, no te prives de nada, satisface tus menores deseos, cuanto hay en la casa, cuanto hay en mi cuarto, está a tu disposición, tesoro mío. Olvida, si es preciso, mi propio bienestar —añadía, a veces, en un arranque de magnanimidad— y dispón de lo que yo necesito con tal de que pueda serte útil: tus necesidades son más perentorias que las mías.

Como desde hacía mucho tiempo había establecido los derechos imprescindibles de su noble existencia, en más de una ocasión vi a Caddy y a su marido deshacerse en lágrimas, conmovidos por tan afectuosa abnegación. Yo también lloraba, pero mi emoción era debida a una causa bien distinta.

—Bien lo sabéis, hijos míos —continuaba, y cuando vi que Caddy le echaba los flacos brazos al gordo cuello al decir aquello, yo también se los habría echado, aunque no de la misma manera—, he prometido no separarme jamás de vosotros. Sed conmigo tiernos y respetuosos, y nada más os pido a cambio de la conducta que observo para con vosotros. Hasta luego, hija mía, voy a tomar el aire al Park.


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