La Casa lugubre
La Casa lugubre Hacía eso para recobrar el apetito, y para hacerle más honor a la comida de la fonda francesa adonde iría después. No quisiera agraviar al anciano señor Turveydrop padre, pero esta es la sola abnegación que en él he conocido. Es verdad que sentía cierto afecto por Peepy, y que lo llevaba con gran pompa de paseo, pero también es verdad que siempre lo enviaba a casa antes de la hora de ir a la fonda, y, que yo sepa, los regalos del viejo caballero a su predilecto no pasaron jamás de una moneda de medio penique, que de vez en cuando le deslizaba en el bolsillo. Además, para que el atildado caballero consintiese en darle la mano, era preciso que estuviera el muchacho elegantemente ataviado de pies a cabeza, a cargo de Caddy y su marido, se entiende.
Finalmente, por las noches venía el señor Jellyby, le preguntaba a Caddy por su estado, se apoyaba en la pared y no volvía a despegar los labios. Me agradaba mucho. Si me veía ocupada en algo, hacía ademán de quitarse la levita como para ayudarme, pero a esto se reducía todo, y pasaba la noche contemplando pensativamente al bebé. Nadie me quitará de la cabeza que los dos se comprendían perfectamente.