La Casa lugubre

La Casa lugubre

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No sé cómo se apoderó semejante idea de mi imaginación. No tenía idea de que hubiera egoísmo alguno al obrar así. Yo no sentía pena por mí: estaba muy contenta y muy feliz. Sin embargo, que Ada pudiera pensar (por mí, aunque yo había desterrado tales ideas) en lo que una vez fue pero ya había cambiado por completo, parecía tan fácil de creer que me lo creí.

¿Qué podía hacer para tranquilizar a mi buena amiga (pensé entonces) y probarle que no tenía tales sentimientos? Bueno, solo podía estar lo más activa y ocupada posible, e intentar estarlo en todo momento. Sin embargo, como la enfermedad de Caddy había afectado indudablemente, en mayor o menor medida, mis deberes domésticos (aunque siempre había estado en casa por las mañanas para hacerle el desayuno a mi tutor, y él se había reído cien veces, y decía que debía de haber dos mujercitas, porque su mujercita nunca faltaba), decidí ser doblemente diligente y alegre. Recorría la casa charlando siempre y cantando cuantas canciones me venían a la memoria. No obstante, no logré disipar esa nube.

—¿De modo, dama Trot —me dijo una noche mi tutor, cerrando su libro cuando estuvimos los tres juntos—, que el señor Woodcourt le ha devuelto la salud a Caddy Jellyby?

—Sí —contesté—, ¡si supiera qué agradecida le está! Si pudiera pagarle, lo haría rico, tutor.


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