La Casa lugubre

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—Ya me gustaría que lo fuera, de todo corazón —continuó mi tutor.

—¡Sí! Yo también —dije.

—Si de nosotros dependiese, no tardaría mucho en tener las talegas de un judío, ¿no es cierto, mujercita?

Me eché a reír, sin dejar la labor, y le dije que por mi parte quizá no querría intervenir en ello, por temor a corromperlo con tanta riqueza y a apartarlo de su profesión, con lo que perdería mucha gente, la señorita Flite, la propia Caddy, por ejemplo.

—No había caído en ello —dijo mi tutor—, pero ya procuraríamos darle una fortuna discreta que le obligase, sin embargo, a trabajar, aunque sin preocupaciones de orden económico. Que le permitiese formar una familia, con sus dioses lares, o a lo menos con una diosa de su hogar.

—Eso sí, tutor, estoy completamente de acuerdo con usted.

—Aprecio mucho al señor Woodcourt —dijo mi tutor—, y he sondeado sus intenciones. Aunque no es cosa fácil el ofrecerle los servicios de uno a un hombre independiente y satisfecho consigo mismo, quisiera poderle ser útil en algo si ello estuviera en mi mano. Parece inclinado a embarcarse por segunda vez, pero yo pienso que es una lástima dejar marchar a un hombre como él.


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