La Casa lugubre
La Casa lugubre —Su marcha puede abrir ante él un mundo nuevo —dije.
—Claro que sÃ, querida —asintió mi tutor—, y a veces he pensado que quizá en este en que estamos haya experimentado alguna desgracia, algún desengaño. ¿No se lo has oÃdo decir?
Hice una señal negativa con la cabeza.
—¡Pues me habré engañado! —dijo mi tutor.
Hubo un instante de silencio, y, temerosa de aumentar aún más la ansiedad de Ada, me puse a cantar la canción favorita del señor Jarndyce.
—¿Cree usted que el señor Woodcourt tiene verdaderamente deseos de irse? —le pregunté a mi tutor, una vez hube terminado la canción.
—No lo sé con seguridad, mujercita, pero lo supongo, creo que está pensando en pasar una temporada en otro paÃs.
—Si es asà se llevará consigo nuestros votos por su felicidad —dije—, y aunque esto no lo enriquezca tampoco lo empobrecerá, tutor.
—Por supuesto, mujercita —me respondió.