La Casa lugubre
La Casa lugubre Sentada como estaba en mi lugar acostumbrado junto al señor Jarndyce (no era mi sitio de siempre, pero sà desde la carta), vi que las lágrimas corrÃan por las mejillas de Ada, sentada delante de mÃ. Hice entonces lo único que podÃa hacer, esto es, aparentar sosiego y alegrÃa, pero viendo que su tristeza no se desvanecÃa, me convencà de que se encontraba mal, le pasé el brazo por la cintura y la acompañé a su cuarto. Pero ¡qué lejos estaba de sospechar lo que oprimÃa su corazón!
—¡Ay! Querida y buena Esther —me dijo Ada en cuanto estuvimos solas—. ¡Si pudiese contároslo todo a ti y a mi primo John!
—¿Por qué no lo haces, Ada? —contesté.
Por toda contestación inclinó la frente y me estrechó en sus brazos.
—Te consta, sobradamente —continué—, que tu primo John y yo somos lo bastante juiciosos, afectuosos y reservados para hacernos una confidencia, y que yo en particular tengo la pretensión de ser la más discreta depositaria. En cuanto a aquel a quien en adelante estará unida mi existencia, conoces su corazón y sabes que no puede haber en el mundo otro más noble.
—Tienes razón, querida Esther.
—Entonces ¿por qué vacilas en confiarnos lo que te da tanta pena? —le dije—. ¿A qué tienes miedo? Bien sabes que no hemos de tomárnoslo a mal.