La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿Tomarlo a mal, Esther? —contestó Ada—. Cuando pienso en los años que he pasado cerca de ti, en sus paternales cuidados, en su cariño, en nuestra íntima unión, en nuestra profunda amistad. ¡Ay! ¡Qué he hecho, Dios mío! ¿Qué he hecho?

La miré con sorpresa, pero en vez de responderle, la abracé de todo corazón, y le recordé mil pequeñas circunstancias de nuestra vida pasada para darle ánimos. En cuanto estuvo acostada, fui a ver a mi tutor para darle las buenas noches. Algunos instantes después volví a subir y Ada ya dormía; me quedé a su lado un rato.

Su rostro estaba pálido mientras dormía. Nunca hasta entonces había observado en ella semejantes marcas de aflicción, su rostro parecía diferente. Los antiguos proyectos del señor Jarndyce para ella y para Richard se agolparon en mi memoria. «Está inquieta —pensé—, porque sufre por su causa», y me pregunté, angustiada, cómo acabarían aquellos amores. Varias veces, al volver de casa de Caddy, la sorprendí trabajando en unas labores que se apresuraba a ocultar en cuanto me atisbaba. Esa labor estaba guardada en la cómoda, y aunque yo deseaba vehementemente la aclaración del misterio y el cajón no estaba del todo cerrado, no quise abrirlo… pero me quedé pensando en qué labor sería aquella, porque era evidente que no era para ella.


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