La Casa lugubre
La Casa lugubre Al darle a Ada un último beso, vi que tenía la mano izquierda escondida debajo de la almohada.
¡Debía de ser mucho menos buena de lo que pensaban, mucho menos de lo que yo misma pensaba, para preocuparme tanto de mi propia alegría y mi satisfacción, como para pensar que bastaba conmigo para hacer que mi querida muchachita se encontrara bien y en paz!
Pero a mi vez me dormí, engañándome en esa convicción, y, al despertar al día siguiente, observé con pesar que no se había apartado la sombra que había entre mi amiga y yo.