La Casa lugubre

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—Señorita —continuó aplaudiendo con las prisas y en su agitación una docena de veces por frase—, cuando dice que su condena no ha de deshonrar a nadie, pretendiendo hacernos creer que no tiene un solo pariente, no dice la verdad. Su familia no lo conocería ya, es cierto, pero eso no significa que no la tenga. Yo sé sobre esto más que otros, y no en vano habló una de esas noches a mi Woolwich de las canas de una madre. Apostaría cincuenta libras a que aquel día había visto a la suya. Vive, por lo tanto, y es preciso traerla aquí, sin perder momento.

La señora Bagnet se colocó, inmediatamente, algunos alfileres en la boca, y levantó algo sus sayas, sujetándolas a su capa gris con sorprendente rapidez.

—Lignum —dijo, en el momento en que terminó la operación—, tú cuidarás de los niños. Dame el paraguas, me voy a Lincolnshire y volveré con la madre de George.

—¡Dios la bendiga! —exclamó mi tutor, llevándose la mano al bolsillo—. ¿Cómo va a ir? ¿Tiene usted dinero?

La señora Bagnet sacó de su pecho una bolsita de cuero, contó con precipitación algunos chelines que contenía y guardó la bolsa con aire radiante y satisfecho.


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