La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—No se preocupen por mí, señorita —dijo—, soy mujer de un veterano y estoy acostumbrada a viajar, Lignum, viejecito —añadió, besando a su marido—, tres para los niños, y uno para ti, ¡me voy a Lincolnshire a por la madre de George!

Salúdonos, y, alejándose con su capa gris con paso rápido, desapareció detrás de la siguiente esquina.

—Señor Bagnet, ¿y la deja marchar así? —le preguntó mi tutor.

—Sería inútil querer impedirlo —contestó éste—. Así volvió a su tierra desde el otro extremo del mundo, con la misma capa gris y el mismo paraguas. Cuando mi mujer dice: «Haré tal cosa», tengan ustedes la seguridad de que la hace. Lo que diga la viejecita, yo lo hago. Ella lo hace.

—En este caso, es tan franca y honrada como aparenta —replicó mi tutor—, y creo que esto es lo mejor que puede decirse en su favor.

—Es el abanderado del batallón. No tiene igual —dijo el señor Bagnet al separarse de nosotros—, sería imposible hallar quien la igualase, pero no lo digo jamás en su presencia, porque es importante conservar la disciplina.


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