La Casa lugubre

La Casa lugubre

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¿Qué dos palabras? Hace girar la llave de la puerta, desata la cinta de su libreta negra (libro del destino para muchos), la coteja con otra carta, y lee, escrito con descaro: «Lady Dedlock».

—Está bien —murmura el señor Bucket—, pero que conste que para ganar las cien guineas prometidas, no necesitaba para nada a este delator anónimo.

Ambas cartas son colocadas meticulosamente en su libro del destino, y le pone la cinta, el señor Bucket se dispone a abrir la puerta precisamente cuando el mercurio le trae su comida en una buena bandeja, con una botella de jerez, que es el vino que, según ha confesado el señor Bucket en sus círculos íntimos, es lo mejor que se le puede ofrecer, un trago del buen jerez tostado de las Indias Orientales, por el cual siente la mayor inclinación. Sorbe, con guiños de satisfacción, una copa, y se dispone a sentarse a la mesa, cuando, de pronto, acudiendo a su mente una repentina idea, el señor Bucket abre con suavidad la puerta que comunica con la sala inmediata y la recorre toda con su escrutadora mirada. No hay nadie en la biblioteca y el fuego está a punto de extinguirse por falta de alimento; por lo tanto, puede acercarse a la mesa y examinar el sobre de varias cartas dirigidas sir Leicester colocadas en ella, encima de una bandeja.


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