La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Vea si me procura usted una pizca, sáquelo de donde quiera, se lo agradeceré —continúa el señor Bucket.

El mercurio desaparece y vuelve inmediatamente con una caja de rapé, el cual el señor Bucket da muestras claras de probarlo con un agujero de la nariz y luego con el otro, declara su contenido de superior calidad y enseguida va a la escalera llevándose la carta a la pequeña biblioteca.

No obstante el gran número de cartas que el señor Bucket recibe cada día, resulta que en su vida lo común no es tener mucha correspondencia. No es un gran escribano, porque maneja la pluma más bien como el bastón de bolsillo que siempre lleva encima por si acaso, y desalienta la correspondencia ajena al tratar de forma demasiado ingenua y directa los asuntos delicados. Ha visto en su vida salir a luz tantas cartas, comprometiendo a sus autores, que, según su modo de pensar se necesita ser muy niño para caer en tamaña imprudencia. Por eso no contesta, ni siquiera por cortesía, y así acaba por quitársele las ganas de escribirle a cuantos intentan entablar con él correspondencia. Y, sin embargo, ha recibido cerca de media docena de ellas en las últimas veinticuatro horas.

—Siempre la misma letra —dice el señor Bucket, abriendo la carta sobre la mesa— y siempre estas dos palabras.


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