La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Tan pronto como el cortejo se ha puesto en marcha, el señor Bucket se acomoda en el asiento de su coche, saca su libreta y toma minuciosas notas del carruaje en que se encuentra, por si tales pormenores le fuesen algún día necesarios. Llegado el momento que él juzga oportuno, sale del carruaje sin decir nada y, sin que nadie se dé cuenta de ello, se dirige al palacio de sir Leicester Dedlock, donde entra como en su propia casa, donde entra y sale cuando quiere a todas horas, donde siempre es bienvenido y con cariño, donde conoce a todos los del lugar y camina en una atmósfera de misteriosa grandeza sin llamar ni preguntar, pues tiene una llave de la puerta y permiso para entrar y salir a su antojo, libertad de la que hace aquellos días amplio uso.

—Otra carta para usted, señor Bucket —le dice un mercurio, entregándole una nota traída por correo unos momentos antes.

—Otra más, ¿eh? —dice el señor Bucket.

Si el mercurio permanece quieto, quizá con el propósito de echar una ojeada al contenido del papel que entrega, el señor Bucket no es hombre que vaya a satisfacer su curiosidad. El señor Bucket lo mira como si su cara fuera un paisaje de unas millas de largo y lo estuviera contemplando ociosamente.

—¿Hay por ahí alguna tabaquera? —le pregunta el señor Bucket.

Por desgracia, el mercurio no consume rapé.


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