La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Ah! Ahí está mi compañera —dijo para sí al ver a la señora Bucket, colocada como un favor especial junto a la puerta del difunto—, y nuestra inquilina también… Me alegro de verte, querida mía, así sé que estás bien.

El señor Bucket redobla su atención hasta el momento en que sacan extendido, dentro del ataúd, al depositario de tantos y tan nobles secretos. ¿Dónde está ahora ese tesoro de secretos que le habían confiado o que había descubierto? ¿Se los lleva consigo a la tumba o han volado esas confidencias al exhalar su último suspiro?

¡Cuánta diferencia entre el señor Tulkinghorn y el señor Bucket, encerrados cada cual en su sombrío carruaje! ¡Cuánta diferencia entre la diminuta herida que, sumiendo al primero en el eterno sueño, lo ha puesto en ese ataúd que anda dando vaivenes por la calle, y la mancha de sangre que, manteniendo al segundo sin cesar despierto, presta a su espíritu una actividad que se trasluce en todo su ser, desde la planta de los pies hasta la punta de sus cabellos! Pero ¿qué importan tales diferencias si ni uno ni otro se preocupan de ellas?



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