La Casa lugubre

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Después de un apacible sueño, que ha repuesto completamente sus fuerzas, el señor Bucket se levanta temprano, y se prepara como para un día de batalla. Se pone una camisa blanca, y luego se acicala y peina con un cepillo mojado, que solo usa en las grandes ocasiones, los pocos mechones de cabello que han resistido a su existencia laboriosa y a sus profundos estudios. Después, como preludio de sus operaciones, ataca dos chuletas de cordero, pan tostado, huevos y té, acompañado todo esto de la correspondiente mermelada. Habiendo disfrutado de esa manera de reponer fuerzas, consulta un momento a su demonio familiar y le ruega al mercurio que, sin que nadie se entere, avise a sir Leicester Dedlock de que está listo para hablarle en cuanto tenga a bien recibirle. Sir Leicester contesta, con afabilidad, que se apresurará a vestirse y que antes de diez minutos se reunirá con él en la biblioteca. Allí lo espera el señor Bucket, y con el índice en la barba se entrega, meditabundo, a la contemplación del fuego que arde en la chimenea. Examinando la expresión de su rostro, se la tomaría por el de un célebre jugador de whist, pensando no tanto en las cien guineas de la apuesta, ya que tiene en su mano las cartas que necesita, como en la superioridad con que debe jugar hasta la última carta si quiere mantenerse a la altura de su reputación. Pensativo, pero tranquilo y seguro de sí mismo, se limita a mirar a sir Leicester cuando se presenta en el lugar de la cita y se sienta en el sillón junto a él con esa gravedad atenta del día anterior, en la que quizá hubiera habido el día anterior, de no haber sido por la osadía de tal idea, un matiz de compasión.


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