La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Siento haberle hecho esperar, pero me he levantado más tarde de lo acostumbrado. No me encuentro muy bien. Mi salud se ha resentido por la indignación y la pena que experimento desde hace algunos días. Padezco de… gota —al hablar con cualquier otra persona, sir Leicester habría empleado la palabra «jaqueca», pero el señor Bucket está ostensiblemente al tanto—. Y los recientes acontecimientos me han ocasionado un ligero ataque.

El barón se sienta con dificultad y aspecto de estar dolorido. El señor Bucket se acerca a él y se mantiene en pie, apoyado con su ancha mano en la mesa de la biblioteca.

—¿Es preciso que estemos solos? —pregunta sir Leicester—. Si no tiene especial empeño en ello, lady Dedlock tendría un gran placer…

—Pero sir Leicester Dedlock, barón, la presencia de una dama —contesta el señor Bucket interrumpiéndole con la cabeza persuasivamente ladeada y con el índice en la oreja como un pendiente—, y, en especial de una dama de la elevada posición de lady Dedlock, sería para mí muy agradable en cualquier otra circunstancia, pero permítame que le diga que esta conversación entre nosotros ha de ser privada, y que nunca lo será bastante, como pronto comprenderá usted.

—Basta, basta.


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