La Casa lugubre
La Casa lugubre —¿De veras? Confiese usted que se dejó llevar por la cólera. Que le sirva esto de escarmiento para otra vez, y sacará usted mejor provecho. ¿Llamo para que vuelvan a llevarlo abajo?
—¿Cuándo sabremos algo más? —pregunta la señora Chadband, con aire afligido.
—¡Una auténtica mujer! Curiosa como todas las de su adorable género —contesta con galanterÃa el señor Bucket—. Mañana o pasado mañana por la mañana, tendré el gusto de volverles a ver, sin olvidar al señor Smallweed, ni su petición de doscientas cincuenta libras.
—Quinientas —exclama señor Smallweed.
—Muy bien, que sean quinientas, si se empeña usted en ello, pero solo de palabra. Señoras y señores, el dueño de esta casa y yo les deseamos muy buenos dÃas —añade el señor Bucket, con tono suave y cariñoso.
Como ninguno osa replicar, el señor Bucket tira del cordón de la campanilla y el grupo se marcha por donde habÃa venido y en el mismo orden.